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Ruth y Gerard

Uno de los aspectos más impresionantes de la maternidad es pasar a ser una referencia.

Tengo una familia unida y cariñosa, así que siempre me han transmitido la idea de que soy alguien importante para ellos. He estado arropada, cuidada y protegida. He arropado, cuidado y supongo que protegido. Sin embargo, yo era hija. Con los años las relaciones entre personas cambian, evolucionan. Entre padres e hijos lo hacen de forma mucho más evidente y dramática (no necesariamente trágica). Ya soy una hija adulta, con una relación de adultos con mis padres y con un mayor componente protector por mi parte del que hubo durante mis primeros… 25 años?

Mis amigos, mis parejas, el resto de mi familia, son personas a las que demuestro cariño y (creo que) atención. Muchos me llaman cuando tienen problemas, tristezas o alegrías, ganas de pasar un rato… Para algunos soy más importante que para otros, o me tienen más confianza o simplemente estóy más cerca (física o emocionalmente). Y viceversa.

Pero ahora soy LA referencia, la relación de Gerard con el mundo. Después de su piel permanentemente alerta, su vista aún limitada y el oído fino que le orienta la mirada. Después de sí mismo, soy yo.

No creo que se sienta perdido, tal vez indefenso y yo soy su muralla, su castillo. No sabe que su madre también se siente en la cuerda floja, con la diferencia de que los años me han dado una vara más larga con la que mejorar el equilibrio.

Él aún está aprendiendo a utilizar su cuerpo. No sabe que sus manos son suyas, pero reconoce mi voz, el latido de mi corazón, el tacto, calor y olor de mi piel, el tamaño de mis manos que le sujetan. Y confía.

“Mamá está aquí. Todo está bien.”

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  • 30 de octubre de 2017