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Pilar Perea

HOLA. Iván me recibe en su estudio de Carretas. He ido en moto por la calle Alcalá, que es la calle más antipática del mundo, siempre está atascada y la gente está enfadadísima. Llegar al estudio de Iván y poder sentarme durante un rato a no hacer NADA me parecía, desde el mogollón de tráfico y la paliza de vida que llevo, el planazo máximo. Luego no es tan fácil no hacer nada, “a ver, Pilar, se trata de que no te muevas” me dice Iván al cabo de unos minutos en los que yo estaba convencida de que, sentada y muy obediente, no estaba moviendo ni un pelo. Pues me movía. “Perdón”. Me quedo quieta casi aguantando la respiración y me agarro al móvil… “Puedes hablar”, me dice… y entonces estar posando quieta durante 45 minutos pasa de ser imposible a ser muy muy agradable.

Porque hacemos repaso de mil cosas que nos han pasado desde hace años que no nos vemos (bueno, nos vemos en los cumpleaños de Vanesa pero eso no cuenta).. Me pregunta por mi hijo, y entonces recuerdo cuando me chalé después de dar a luz, recuerdo que estaba grilladísima y me alegra darme cuenta de que ya no lo estoy (tanto); entonces me pregunta qué tal mi curro y hablamos de los clientes, de mis “proyectos”, de hacer fotos en bodas y de las novias, que son mujeres normales que cuando son novias se transforman en personas rarísimas que se creen Claudia Schiffer y luego hablamos de las casas, de los compañeros de piso, de Lavapiés, de ligar, de Tinder. Me apasiona Tinder. Hablamos. Repaso mi vida rápidamente y me gusta lo que repaso. Me doy cuenta de que hablar sin moverse es muy complicado, de hecho seguro que me he movido, entre otras cosas porque me he descojonado de un par de chorradas que estamos recordando y descojonarse sin moverse es imposible. Quizás lo sabe hacer Isabel Presley. Iván no dice nada y yo me hago la sueca.

Cha-Cháaan. Al cabo de unos 40 minutos, Iván le da la vuelta al dibujo y resulta que me parezco, que ha dibujado precioso mi pelo y me ha puesto unos ojazos que ya los quisiera yo. Iván lleva tropecientos retratos hechos, qué tesón tiene, me dice que le cuestan muchísimo los parecidos en general, pero yo creo que me parezco. Aunque los retratos de Iván se parecen siempre un poco a él. Podríamos soltar una chapa aquí sobre el artista buscándose a sí mismo, pero mejor no, porque Iván odia esas cosas y quizás no se está buscando a sí mismo.

Nos despedimos, nos damos las gracias e Iván me dice “me alegro de que estés bien” y entonces pienso “¿estoy bien?”. Y me gusta. Estoy bien.  Me voy a casa contenta porque tengo un retrato de Iván, me he reído mucho, parece que estoy bien…. y el camino de regreso no pasa por Alcalá. No se puede pedir más a una mañana.

  • 22 de febrero de 2017