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Miriam

No quería llegar pronto pero quizá me retrasé demasiado. Cuando entré a la cafetería la jirafa ya llevaría un buen rato sentada, pues casi había acabado su té y se encontraba leyendo una revista. Me senté con ella y pedí un café. Me sentía nervioso y no hice más que dar rodeos. La jirafa me espero pacientemente, asintiendo de vez en cuando y pasando distraídamente las hojas de la revista con la lengua. Al final tuve que decidirme y descargar mi discurso y cuando lo hice, lo hice precipitadamente. Lo nuestro no daba para más. Se había convertido en una relación cómodamente inerte. Los dos debíamos buscar cosas nuevas. Ella permaneció inmóvil y me dejó continuar. Me dejé llevar y afirmé que principalmente esta era una decisión que había tomado por su bien. En ese momento la jirafa tornó lentamente su largo cuello, girándolo en ciento ochenta grados y permaneciendo así, vuelta contra mí, hasta que dejé la farsa altruista y reconocí estar guiado por mi propio interés. Sin embargo, a pesar de contar con muchos y varios defectos, la flaqueza ante las decisiones tomadas no era uno de ellos: anuncié que era una decisión definitiva. Caí entonces en un relajado y melancólico silencio en el que mi mente paseó por tantas tardes pasadas en su compañía, en excursiones por la ciudad tras las que, al anochecer, la acompañaba de vuelta al zoo. Y en las horas pasadas cubriendo su cuello de besos sin repetir jamás en el mismo punto. Ahí, en la cafetería, frente a mi, el hermoso ungulado miraba su taza, abstraída, supongo, en pensamientos similares. Terminé mi café, suspiré y finalmente le pregunté qué opinaba ella de todo esto. “No se puede obligar a la gente a sentir cosas que no siente” dijo tristemente, y sonrió, yo le devolví la sonrisa, y me sentí triste.

  • 2015