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Luis del Río

26 de abril de 2016. Son las 18:30 h y la agenda del iMac acaba de avisarme de que en 30 minutos he quedado con Iván Solbes para que me pinte. Una excusa perfecta hacia mí mismo para irme de la agencia a una hora decente. Yo estoy en la Puerta del Sol y él en la Plaza de Jacinto Benavente, así que tengo el tiempo justo de contestar unos mails y cerrar el documento en el que llevo trabajando todo el día. Apago el ordenador, cojo el casco, el abrigo (sí, en abril yo todavía llevo abrigo) y me despido de mis compañeros hasta mañana. Bajo tres plantas en un ascensor que pide a gritos una revisión, salgo a la calle y enseguida me mezclo con el elenco de personajes que pululan por los alrededores de sol. Ahora me llega el aroma a mantequilla que sale de La Mallorquina, a esta hora está hasta los topes de gente merendando, pero yo conseguí acabar hace unos meses con la adicción a sus croissants y no pienso recaer. Sigo andando y comienzo a subir por la Calle Carretas, esquivando en cada paso a clientes de todas las franquicias del mundo repletos de bolsas, hasta llegar al número 14. Es un edificio repleto de oficinas, despachos, academias, compro oros… Cojo uno de los ascensores hasta la 5ª planta y me pierdo un par de veces por el laberinto de pasillos hasta encontrar la puerta del estudio de Iván. Llamo al timbre y pasados unos segundos escucho el sonido de unos pasos que se acercan a la puerta. Hola.

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