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Lina Nadal

A falta de objetivos vitales de mayor calibre (como construir catedrales o plantar árboles), desde que puedo recordar, colecciono colecciones.

La tarea es fácil y feliz: cuanto más inconstante eres en la misión de conseguir acumular objetos de características comunes; más amplia, variada y completa es la muestra global.
Así pues, como soy una pésima coleccionista, soy la mejor coleccionando colecciones.

Empecé atesorando consecuencias en forma de delfín. No ser capaz de reconocer que ABORREZCO a esos animales que se suponen inteligentes por sujetar una pelotita, convirtió mi vida en el despacho de una secretaria de dirección: ceniceros, pendientes, cajitas, libretitas… y un sinfín de animalitos ñoños que llegaban como regalos porque otros habían llegado antes.

Lección aprendida,  las colecciones  las empieza uno, pero las continúan los otros.

Mi segunda colección fueron desprecios de madre en forma de sobres de azúcar.

Los que la viejísima y tacaña casera que me realquilaba una habitación ponía cada mañana junto a mi taza de café, ajena a la devoción con la que los había acumulado su hijo durante todos los viajes de su aburrida y larga vida.

Él desayunaba cada día en Argüelles, yo, en cafeterías de Niza, París, Nueva York o  Albacete.

Por mis manos pasaron también vírgenes de plástico fluorescente (colección inacabada por culpa de la ineptitud de la iglesia católica inventando figuras venerables), notas manuscritas (casi siempre por y para otros), cucharillas robadas, mensajes desafortunados de galletas de la fortuna o nombres de operaciones policiales, fenómenos físicos y enfermedades (¿quién puede resistirse a hacer acopio de términos como luces cáusticas, alexitimia o resonancia simpática?).

Y, así,  justo el día que me decido a posar para un retrato, a las pocas horas, me regalan otro.

Creo que ha llegado el momento de coleccionarme a mi misma.

 

Lina Nadal es Directora Creativa en @picnic comunicación creativa (www.facebook.com/picnic.comunicacion)

 

  • 2014