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Jazmín

Jazmín en reposo. Yo no había visto nunca a Jazmín en reposo hasta que vi este retrato de Iván Solbes. Sí he visto a Jazmín callada y quieta muchas veces, en muchas situaciones. Por ejemplo, Jazmín mirando los volcanes desde el ventanal del porche, que se abre sobre un barranco verde de palmeras, dragos, lentiscos y matorrales isleños. Jazmín mira el barranco y el barranco parece verde, y vasto y bello, y de verdad exótico al ojo peninsular. Pero yo nunca lo he visto menos verde y más apagado. Hace quizás tres años de mi última visita a la isla y me impresiona el tono general más pardo y menos vivo que ahora sustituye al verde vibrante de mi recuerdo. No ha llovido este otoño. Nos estamos matando. Yo miro el barranco con amor y con el corazón encogido. Jazmín mira el barranco en silencio e inmóvil, pero no en reposo. Puedo notarlo en la tensión del rostro, en la determinación de la mirada, en algunos pulsos sutiles de la frente y la mandíbula y las pupilas. Chispazos de la energía contenida que se escapa. La energía que generan la memoria y las preguntas, la voluntad y el empeño, la visión y el deseo, la indagación y la búsqueda. Jazmín mira el barranco con la misma cara que mira el mar. También he visto a Jazmín mirar el mar muchas veces. Tiende la mirada a lo lejos y se va allá al final, a buscar no se sabe qué en la memoria y el deseo y las preguntas. A buscar, a veces creo, la pregunta que no hace falta responder porque solo su aparición ya pone, por fin, orden a todo. La pregunta cuyo hallazgo final nos da reposo. La he visto buscarla en mares que no huelen ni tienen color de mar porque nos estamos matando. Mares lánguidos y mate y opacos. Y la he visto buscarla también en mares vivos, mares de color y olor profundo cuyo cuerpo resplandece y que terminan oscuros allá al final, donde están las preguntas. Jazmín no mira nunca el mar con el gesto que veis en este retrato. Lo mira para buscar en él y también para llevárselo de vuelta y rescatarlo cuando, el resto del año, le hace falta un horizonte en el que tender preguntas. Cuando escucha en silencio, el gesto de Jazmín tampoco es este. Jazmín escucha de forma tan voraz como mira el mar: interrogando y conectando, diseccionando. Así es Jazmín en silencio. Jazmín en silencio nunca está en reposo. O igual sí he visto este gesto, una sola vez, en aquella terraza blanca del fin del mundo, donde no había más que desierto y risco y cielo y mar. Ráfagas de olor a salitre, rumor de rompiente y viento cálido. De Jazmín se escapan pulsos de energía mientras escudriña el espacio colosal, tan resplandeciente, tan luminoso, que casi hay que pelearse con él para no cerrar los ojos. De pronto, los pulsos se suavizan, cierra los ojos, recuesta la cabeza contra la pared blanca, sonríe un poco. O ha encontrado la pregunta o ya no importa la búsqueda. Jazmín en paz. Jazmín en reposo. La de este retrato.

Texto de María Serrano

  • 8 de enero de 2018