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Irene Gil

En el metro

No me saqué el carnet de conducir por una mezcla de cabezonería, rebeldía y aburrimiento. Ni siquiera fui capaz de aprenderme el código de la circulación. No tener carnet ni querer tenerlo, me ocasionó un gran número de disgustos. No se puede llevar tanto la contraria al mundo.

Pero el tiempo ha acabado por darme la razón. Tener coche hoy en Madrid es tremendamente caro e ineficiente. Tampoco es bueno para la salud. No hay más que ver los sapos y culebras que salen de las personas más insospechadas por los motivos más nimios.

A pesar de que vivo dónde termina Madrid por uno de sus lados, me muevo en transporte público y el rey es el metro.  Tengo la suerte de coger todos los días dos líneas nuevas, mucho más amplias y confortables que las viejas. También tengo la fortuna de ir sentada la mayor parte de los trayectos. Y así sentada, un día sí y otro también, observo a la gente. Las personas según entran en el vagón van sufriendo una metamorfosis.  Entran por llamarlo de alguna manera, en “modo metro”, que es un estado de solipsismo y de determinación activa de no hacer contacto visual ni de relacionarse con el otro. Es curioso eso. Por más cerca que estés, la gente evita cruzar miradas y por supuesto nadie sonríe. Solo los niños pequeños, ajenos a estas normas no escritas, son capaces de reír y encontrar el lado lúdico a los postes para agarrarse, a los bancos o a los túneles y miran a la gente con descaro provocando a veces que les digan cosas o al menos que les devuelvan la mirada y sonrían.

Alguna vez he visto a alguna persona llorar desconsoladamente. Pero las normas no escritas del metro impiden cualquier tipo de acercamiento empático del tipo, “¿qué le pasa?, ¿hay algo que podamos hacer para ayudarla?”.

Iluminados por los tubos fluorescentes, se acentúa la fealdad de las personas, sus arrugas, sus bolsas, sus ojeras. Gente que en la calle seguro que es como poco “del montón”, allí, bajo tierra, en el vagón, saca su peor cara. Toda esta gente fea tiene un smartphone. Lo usan para escuchar música con auriculares, acentuando más si cabe su ensimismamiento metril, para jugar a los juegos que vienen de serie y que normalmente entran en un bucle sin fin, leer y enviar whatsapps, a veces modificando su mueca por cosas que pasan fuera y que le llegan a través de su pantalla. Casi nadie habla ya por el móvil. Y de vez en cuando, en las estaciones con cobertura que cada vez son más, el sonidito indica que ha entrado un nuevo mensaje.

Otra novedad es que casi todas las maris tienen un libro electrónico. Apenas se habla de lo mucho que ha hecho por acercar a la lectura esos aparatejos que no ocupan nada en el bolso. Mucho menos atractivos que un libro pero más funcionales, sin duda. Aunque la luz sea mortecina, la gente se esfuerza por leer. Tunel/estación –suben y bajan personas/ tunel/ estación. De vez en cuando la megafonía nos indica cuál es la próxima estación y dicen Vodaphone cada vez que nos cruzamos con la línea 2. Ya nos hemos acostumbrado, pero esta intromisión del mundo corporativo en el espacio común, no sentó nada bien. Y la gente no habla, salvo que se conozca. Los que no se distraen con el teléfono, algún libro o un abanico, pierden su mirada en el vacío en el grado máximo del empanamiento. Si hay nervios, los dejan fuera. La gente está tranquila. Por eso cuando entra algún grupo bullicioso: futboleros, colegios o turistas chispados, se crea un poco de inquietud.

En cada estación, el mismo anuncio de bikinis de un gran almacén se repite machaconamente.

Hombres-mujeres-adolescentes-jóvenes-mayores-niños. Todas las edades. Todas las razas. Todas las clases sociales. Aunque son los menos, también hay algún traje y corbata, uñas de porcelana y hábitos de ejecutivas. Y de vez en cuando música en vivo en los vagones o entra un mendigo, cada uno con su estilo propio de pedir. Da mucho que pensar cuánta gente se ha empobrecido en España. Pero rara vez se modifican las máscaras impasibles Y eso que estamos en España, donde la gente mueve los brazos  y habla muy alto. ¿Qué será en Suecia por ejemplo?

  • 2014