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Carla

Nunca habría pensado que empezaría por los pies. Es como leer de derecha a izquierda. Pero Iván no parece oriental, así que esto promete, como todo lo que comienza por el final.
Me encantó la idea de ser retratada por un ilustrador. Otra cosa diferente. Una vez me hicieron un retrato purista y la ciudadana de aquel cuadro se parecía tanto a mí como tú, o sea, cualquiera que esté leyendo esto. La idea del trazo rápido y del dibujo a plumilla era mucho más apetecible.
Y tan rápido. Iván trabaja a una velocidad rítmica marcada por la cadencia de su trayectoria visual brevísima del cuaderno a mí.
Soy curiosa e impaciente, así que me adelanto a cómo analizará las cosas dibujísticamente: si me he puesto la ropa adecuada para resultar estilizada, si he hecho bien al venir hasta la Gran Vía andando desde Parque de las Avenidas, no sea que mis gemelos genéticamente atléticos parezcan demasiado musculados, si estoy suficientemente recta, dónde me habré dejado mi anillo de insectos que quedaría genial en mi mano, que me tenía que haber cortado el pelo para inaugurar look por todo lo alto, bla, bla, bla, rum, rum, rum.
Ni una. No he acertado ni una. Suele pasarme. Él dice que está contento. Y yo que me alegro. Y que quiero verlo. A ver, venga, a verlo.
Pues sí. Soy yo. Me reconozco y me gusta. Yo también estoy contenta. Y sorprendida porque ha captado el pliegue del cuello donde atesoro tremenda cicatriz. Eso sí que es muy mío. Total, que ahí estamos las dos. Gracias, Iván.

 

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  • 2015