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Amanda

Una imagen es siempre un menos; es todo menos aquello que no interesa. Eso le da su sentido, su menos. Por eso un retrato es toda una aventura: ¿Interesará acaso algo parecido a lo que nos interesa cuando nos vemos o queremos o creemos vernos? ¿Qué será lo eliminado que hace esa percepción? ¿Qué se verá en el retrato? ¿Qué imagen especular nos devolverá?

Si la fotografía, con sus dos dimensiones, ya es todo un reto y es difícil reconocerse; un retrato, a mano, tras ser mirada un lapso de tiempo, es abismarse en un mundo desconocido y poder volver. Ir al otro lado del espejo, el lado que sin decirlo del todo dice quién posiblemente, en otra imagen, se es.

Es curioso que todo ello ocurra tan atrás y tan inconscientemente que una hable con Iván de muchos temas, se mueva, desee morderse las uñas mientras lucha por quedarse quieta y, de repente, el cuaderno se gire y muestre algo que una es y no es, que es Iván y que no es. Tanto y tan poco, entre dos viejos amigos que charlan. Otra conversación más. Esta no se la lleva el viento, esta nos mira. Gracias, Iván.

  • 23 de enero de 2017