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Alberto Cubo

Doblé la esquina de la calle Desengaño y allí estaba.
Distraída y a lo suyo, como siempre. Quizás, cuando una persona egoísta te da algo, por poco que sea, sientes una mayor gratitud hacia ella; incluso sientes la necesidad de devolverla el favor.
Hacía tiempo que no sabía nada de ella, y eso que la había buscado por todos los lugares que solía frecuentar en aquella época. Nunca entendió que en determinados momentos la necesito a mi lado, que cuando ella no está conmigo no consigo tirar hacia adelante solo.

No se percató de mi presencia, así que decidí seguirla; tenía que averiguar qué había sido de ella durante todos estos años. Bajó la calle con esa forma de andar tan peculiar que tiene, que hace que todos se den la vuelta a su paso, y llegó a la Gran Vía. Pude ver cómo se metía en un portal. Por un momento pensé que se había dado cuenta de que yo estaba allí, pero continuó escaleras arriba. Dejó la puerta abierta, así que decidí subir tras ella. Escuché cómo abría la puerta del 5º, cerrándola de un portazo. Dudé un minuto, pero decidí dar media vuelta y bajar a la calle: creo que ya había llegado demasiado lejos. Al llegar al 1º pensé: “Vamos, sabes que una vez que has llegado hasta aquí no puedes volverte atrás; o es que vas a hacer lo de siempre…”

Subí y llamé a la puerta del 5º. Me abrió un chico:

– Hola, soy Iván. Te estaba esperando. Deja tus cosas ahí y siéntate.
Has tenido suerte; hoy creo que me acompaña mi Musa, así que tenemos que darnos prisa… ya sabes que no siempre la tienes de tu lado.

Sacó un DIN A3 y afiló un par de lápices…

  • 2016