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Alberto

A medida que avanza el tiempo, más cerca estoy de mi cada vez más lejana infancia. Es como si fuese reconociendo quien soy a través de ciertas evocaciones que vienen a mi mente cada vez con más frecuencia.

A lo largo de mi niñez mi entorno fabricó de manera artesana todo mi imaginario. Se dibujó con las tizas de modista que mi abuela usaba para patronar sus vestidos mientras sonaba la sintonía del Equipo A. Regreso allí mientras los vapores de la olla a presión sobrevuelan las páginas de los libros de Emilio Salgari que leo sobre la alfombra. La válvula gira como una bailarina desenfrenada por el embriagador olor a puré de verduras y el raspón que me he hecho en las rodillas no termina de curarse y escuece.

Mientras Carlos hace una nave espacial de papel, yo dibujo el Coliseo de Roma y Javier tararea alguna canción que suena a toda pastilla en la radio que siempre está encendida en la cocina. Ya es verano y mamá nos pone en fila para darnos crema. ¡Me encanta ese olor! Casi tanto como la sensación de quedarme dormido en el coche mientras mi padre conduce de vuelta al lugar que tocase en una infancia nómada.

Ya en el colegio, de nuevo, reconozco tras cada borrón de tinta sobre el papel del cuaderno, un trozo de lo que a mi me gusta llamar “las pequeñas cosas” que me hacen crecer.

Alberto García Hernández

 

 

 

 

 

 

  • 21 de noviembre de 2017